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Dos mil caballos en una pista de bicicletas

Esa es la cifra total de caballos de potencia que manejé ayer en el KDT, la histórica pista de ciclismo porteña. Hasta el viernes, todos los clientes de BMW podrán hacerlo también si sacan turno en un concesionario de la marca. En el verano se hará lo mismo en Punta del Este y después recorrerá algunas provincias.

La idea del BMW Power Tour es poder experimentar todo el empuje de los BMW más potentes en un circuito de un kilómetro de extensión y con varias chicanas para que nadie se entusiasme demasiado. Para esta ocasión, el KDT fue ambientado como un club de campo con el resto de la gama de BMW en exhibición y una carpa con juegos y comida para amenizar la espera del turno.

Después de degustar canapés de centolla, salmón, cordero, ciervo ahumado y langostinos recibí este mensaje en mi celular: “Carlos, acercate al box del BMW 550i y sentí la potencia en tus manos”.

BMW 550i: Es tal vez el modelo más equilibrado de todos los que llevan el V8 de 4.8 litros de cilindrada y 367 caballos de potencia. Es una berlina confortable, con el tamaño justo y un motor que no tiene problemas para mover con agilidad los 1.800 kilos de peso. También es el modelo más económico de los que probé ayer. Sólo 103.500 dólares. Un regalo.

BMW 750i: Ponerse al volante del sedán más lujoso de BMW implica aprender a manejar de nuevo. Lo que parece la palanca de cambios es el comando de la televisión satelital y es normal que al querer prender las luces pongas la marcha atrás. La tecnología de su interior es apabullante y el confort, más aún. De hecho, la butaca de cuero mullido acarició partes de mi cuerpo que hasta ahora nadie me había tocado. Así y todo, el V8 lo desplaza con la frescura de un Mini Cooper y las chicanas se esquivan como en un videojuego: sin ninguna sensación física, entre algodones.

BMW 650i: ¡El único con caja manual del lote! Eso me pareció genial al principio, pero el motor trepa de vueltas con tanta velocidad que llega al corte mucho antes de que mi cerebro envíe la orden de pisar el embrague. Los controles de tracción y estabilidad son algo frustrantes: con partida detenida suelto el embrague a 6.500 rpm, pero la cupé sale recta y en silencio, sin estridencias. Tanta vigilancia electrónica me pone nervioso: destruyo un conito con la rueda delantera izquierda.

BMW M6: El más deseado del día, el único que logró que me levantara un lunes a las 7 de la mañana con una sonrisa. El sonido del V10 es colosal, como un trueno que anuncia el fin del mundo. En condiciones normales entrega 420 caballos de potencia, aunque si apretás el botón “Power” tenés 507 a tu disposición. Yo aprieto, pero el control de tracción no me libera hasta que alcanzo los 40 km/h. Entonces sí, este enorme alemán negro me patea en la espalda y me deposita en la primera chicana con tiempo suficiente para esquivar los conos. Cada frenada comprime mi pecho contra el cinturón y me deja sin aire. El control de tracción me mantiene adentro de la pista agarrado de los pelos. Me indigna su actitud prepotente, pero sé que si no estuviera activado ya habría atravesado el alambrado del KDT envuelto en una bola de fuego, aluminio y carbono de calidad premium.

BMW X5 4.8i: Con 355 caballos es el modelo menos potente del grupo y pesa 2.180 kilos. Bajarme del M6 y subirme a esta 4×4 fue como sacarme las zapatillas y seguir corriendo con un par de zancos. Me paso en todas las frenadas, aplasto cuatro conos y el instructor sentado a mi lado se agarra del techo. Cuando vuelvo a boxes, me dice: “Por favor, no vuelvas a manejar tan rápido”.

Te aseguro que va a ser difícil.

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